A los 68 años había aceptado que mi espalda ya no tenía arreglo. Entonces descubrí lo único que nadie me había dicho nunca.
Tras 11 años de estenosis, una artrodesis L4-L5 fallida y tener que oír "ya no hay nada que hacer, tendrás que aprender a vivir con ello" — una bibliotecaria jubilada de Zaragoza escribe la carta que le habría gustado recibir cuando todo parecía perdido.
Si estás leyendo estas líneas a las 3 de la madrugada porque el dolor te ha vuelto a despertar...
Si sabes exactamente en qué mueble de la cocina, en qué carro de la compra, en qué barandilla apoyarte para quitarle aunque sea un momento la presión a la espalda...
Si en el último año te has perdido la comida del domingo más veces de las que has ido, porque ya no aguantas sentada hasta el final...
Si entras en cualquier habitación y lo primero que haces es buscar con la mirada la silla más cercana, antes incluso de fijarte en cualquier otra cosa...
Escribo estas líneas para ti.
Porque yo también estuve en tu lugar.
Hace dos años estaba organizando mi funeral.
No literalmente.
Pero había empezado a hacer eso que se hace cuando una se rinde. Regalar mis libros. Decirles a mis hijos dónde guardaba los papeles importantes. Cancelar el viaje a Asturias para el que mi marido y yo ahorrábamos desde 2008.
Tenía 66 años.
El neurocirujano me acababa de decir, con mucha amabilidad y de forma muy profesional, que una segunda operación probablemente no cambiaría nada.
Y yo le creí.
Porque a esas alturas ya lo había probado todo.
Y nada había funcionado.
Los 11 años anteriores
Mi estenosis empezó en 2014.
Tenía 56 años. Era bibliotecaria en una biblioteca municipal. De pie 8 horas al día, colocando libros, ayudando a los niños a elegir su próxima lectura.
Me encantaba ese trabajo.
Y entonces, un martes por la mañana, ya no pude levantarme de la silla.
Sencillamente, no podía.
Tenía las piernas dormidas de las rodillas para abajo. Sentía la zona lumbar como si alguien, durante la noche, me hubiera echado cemento dentro.
Mi marido me llevó al médico de cabecera. Me hizo el volante para una resonancia magnética. Cuatro meses de espera: al final la hicimos por lo privado.
"Estenosis del canal lumbar, L4-L5 y L5-S1."
Nunca había oído esas palabras.
Las aprendí deprisa.
El peregrinaje
Lo que vino después fueron 9 años de lo que hoy llamo "el peregrinaje".
Por allí pasó cualquiera que llevara bata blanca.
Antiinflamatorios: sobres "cuando haga falta", durante años. El médico de cabecera me los recetaba y yo me los tomaba. El dolor se calmaba unas horas. Luego volvía, siempre. Me hacía ilusiones.
Corticoides: cuando el dolor bajó a la pierna, el médico me recetó una tanda de pinchazos. Me los ponía la vecina, que era enfermera. Luego las pastillas, en pauta descendente. El dolor se aliviaba un poco, sin llegar a desaparecer nunca. Era lo único que me daba algo de alivio. Algo. Nunca suficiente.
Rehabilitación con diatermia: después de la resonancia me mandaron al traumatólogo. Me mandó a rehabilitación "mientras tanto", en el hospital, durante meses. Muchas veces salía de las sesiones llorando. La fisioterapeuta era amable. Los ejercicios eran correctos. Pero mi espalda empeoró igualmente. Me dijo que "algunos pacientes simplemente no responden". Yo era una de ellos.
Aquagym: tres veces por semana, como me había dicho el traumatólogo. En la piscina me encontraba de maravilla. Era el único sitio donde la espalda dejaba de dolerme. En cuanto salía del agua, todo igual que antes. Y mientras tanto, año tras año, iba a peor.
El Zaldiar: el traumatólogo me lo había recetado para los peores días. Algo ayudaba. Pero me daba miedo no poder dejarlo. Quien lo haya tomado sabe de lo que hablo.
Osteópata: cinco sesiones, por consejo de una amiga. Era una persona encantadora. Durante unas horas me sentía más suelta. Pero al día siguiente el dolor ya había vuelto, y yo cada vez estaba más angustiada. Lo dejé cuando eché cuentas: 250 euros por unas horas de alivio.
Ozono: me habló de él una conocida. Cinco sesiones en un centro privado, 750 euros. Después de cada pinchazo estaba peor durante unas horas. Luego todo volvía a ser como antes. Ningún beneficio.
En 2021 el neurocirujano me propuso la artrodesis.
Pedí una segunda opinión. Luego una tercera. Dos me decían que me operara, uno que no.
Me aterraba acabar en una silla de ruedas.
Pero la cirugía era mi último cartucho.
El neurocirujano (un buen hombre, todavía lo pienso) me dijo que había "muy buenas probabilidades" de que la operación me quitara el dolor.
Por la Seguridad Social me hablaban de dos años de lista de espera. Al final me derivaron a una clínica concertada y me operaron en marzo de 2022.
Me desperté llena de esperanza.
Durante unos 3 meses.
La mañana en que comprendí que no había funcionado
Era un sábado de julio.
4 meses después de la operación.
Dormía en el sofá porque ya no conseguía encontrar una postura cómoda en nuestra cama.
Intenté sentarme.
No pude.
La misma sensación de cemento en la espalda. El mismo hormigueo bajando por la pierna. El mismo pánico que había sentido aquel martes por la mañana de 2014.
Me senté en el borde del sofá y lloré como no lo hacía desde hacía años.
No por el dolor.
Por darme cuenta.
Lo había probado todo.
Y estaba exactamente en el punto de partida.
En realidad no. Estaba peor.
Porque ahora ya me habían operado. Y eso significaba tejido cicatricial. Tornillos y placas metálicas. Menos opciones para el futuro. Y un neurocirujano que, en la revisión de los 6 meses, me dijo: "Señora, a veces estas operaciones no dan el resultado esperado. Me temo que tendrá que aprender a vivir con ello."
Tenía que aprender a vivir con ello.
A los 64 años.
Fue entonces cuando empecé a regalar mis libros.
La pregunta que lo cambió todo
Mi hija Lucía es enfermera.
Lleva 14 años trabajando en la planta de traumatología.
Hace dos años, en Nochebuena, se sentó conmigo a la mesa de la cocina cuando todos los demás ya se habían ido a dormir, y me hizo una pregunta que nadie me había hecho nunca.
"Mamá. En estos 9 años, ¿alguien ha comprobado si tu multífido funciona?"
No sabía a qué se refería.
Nunca había oído esa palabra.
En nueve años.
Con una docena de especialistas. Con dos resonancias magnéticas. Con la fisioterapia. Con una operación en la que me habían abierto la columna.
Nadie había mencionado nunca el multífido.
Ni una sola vez.
Mi hija me lo explicó aquella noche. Le bastaron 20 minutos, en la mesa de mi cocina. Voy a intentar contártelo de la misma manera.
Lo único que nadie me había dicho nunca
Hay un músculo largo y profundo que recorre ambos lados de la columna vertebral.
Se llama multífido.
Está a unos 3 centímetros bajo la piel de la zona lumbar.
Nadie te lo enseña nunca en un esquema. Nadie te habla de él en la unidad del dolor. El neurocirujano nunca te lo señala en la resonancia.
Pero es (sin exagerar) el músculo más importante de toda la columna vertebral.
Te explico por qué.
La columna vertebral es una pila de huesos. No se sostiene sola. Necesita un andamio que la mantenga unida desde dentro.
Ese andamio es el multífido.
Es la faja interna de tu columna.
Cada vez que te levantas, caminas, te agachas o te giras, este músculo genera miles de pequeñas contracciones por minuto para mantener las vértebras alineadas.
No lo notas trabajar. Ni siquiera piensas en él. Simplemente funciona.
Hasta que un día deja de hacerlo.
Por qué el cerebro apaga el único músculo que te mantiene en pie
Aquella noche Lucía me dijo algo que me hizo dejar la taza de café sobre la mesa.
Me dijo: "Mamá, cuando tu columna se lesionó, tu cerebro dejó dormido al multífido. A propósito."
Esto es lo que quería decir:
Cuando la columna sufre una lesión (un problema en los discos, una estenosis, una hernia, o incluso los pequeños traumatismos acumulados en décadas de desgaste), el cerebro pone en marcha un mecanismo de protección.
Corta la señal que va directa al multífido.
Le dice al músculo: "Deja de contraerte. Estás empeorando las cosas."
Y el músculo obedece.
En las 48 horas siguientes a la lesión inicial, el multífido puede perder hasta el80 % de su funcionalidad.
Se apaga.
Y aquí viene la parte cruel, la que me dejó sentada en aquella mesa con lágrimas en los ojos:
No vuelve a funcionar por sí solo.
Ni con reposo.
Ni con estiramientos.
Ni con fisioterapia.
Ni con la piscina, la gimnasia o cualquier ejercicio para fortalecer la espalda.
Porque el músculo no está débil.
Está bloqueado.
No puedes fortalecer algo que no se está contrayendo.
Lucía me dijo que este fenómeno tiene nombre: lo llaman "bloqueo del multífido".
Y en cuanto oí esas palabras, todo lo que había pasado en los 9 años anteriores cobró sentido de repente.
Por qué todo había fallado
Sentada en aquella mesa, a las 11 de la noche, en Nochebuena, por fin lo entendí.
Los antiinflamatorios, los corticoides y el Zaldiar me daban unas horas de tregua, porque calmaban el dolor y la inflamación. Pero el músculo seguía apagado.
La rehabilitación y la diatermia no funcionaban, porque mi multífido estaba apagado. Estaban intentando fortalecer un músculo que no se contraía.
En la piscina me encontraba bien, porque era el agua la que me sostenía, en lugar del músculo. En cuanto salía, todo volvía a ser como antes.
El osteópata me soltaba durante unas horas, porque sin el multífido para mantener las vértebras en su sitio, todo volvía enseguida a ser como antes.
El ozono no sirvió de nada, porque actuaba sobre la inflamación, no sobre el verdadero problema de fondo.
La operación no había funcionado, porque habían arreglado el hueso, pero se habían olvidado del músculo. Salí del quirófano con "los tornillos perfectamente colocados", pero con un multífido apagado desde hacía 9 años y atrofiado hasta quedarse del tamaño de una uva.
El problema no era yo.
No era una paciente "que no responde al tratamiento".
No era una de esas personas con mala suerte cuyo cuerpo simplemente no colabora.
Tenía un músculo apagado desde hacía casi diez años.
Y a nadie se le había ocurrido nunca volver a encenderlo.
Lo único capaz de despertarlo
Lucía me dijo que solo había una cosa capaz de despertar un multífido bloqueado desde hacía años.
No eran más estiramientos.
No era un entrenamiento más intenso.
No era otra operación.
Era la NMES.
Electroestimulación neuromuscular.
Ni la diatermia, ni el calor, ni los masajes de fisioterapia. En eso fue muy clara. Esos calientan y relajan. Pero el músculo sigue quieto.
La NMES envía suaves impulsos dirigidos a la profundidad del tejido muscular, obligando a las fibras musculares a contraerse. Saltándose por completo la señal de "stop" que envía el cerebro.
No le pide al multífido que se contraiga.
Le obliga a hacerlo.
Contracción tras contracción. Poniendo el músculo a trabajar de nuevo. Reconstruyendo esa conexión entre el cerebro y el músculo que llevaba años interrumpida.
La NMES se usa desde hace años en centros de rehabilitación y en el deporte, para que los músculos se recuperen después de una operación o de un largo periodo de inactividad.
Era lo único capaz de desbloquear de verdad el bloqueo del multífido.
Pero hasta hace poco, solo se podía hacer en centros de rehabilitación privados, a unos 60 euros la sesión.
Entonces Lucía me habló de un dispositivo que, sin hacer mucho ruido, estaba cambiando las cosas.
El dispositivo que me devolvió la vida
Se llama sistema NeuroCore.
Es el primer dispositivo NMES de uso doméstico calibrado específicamente para llegar al multífido exactamente a la profundidad necesaria (de 30 a 50 milímetros) para volver a encender un multífido bloqueado.
Pero esto es lo que lo hace diferente de todos los demás dispositivos NMES del mercado.
No se limita a estimular el músculo.
Descomprime la columna vertebral Y reconstruye el músculo, al mismo tiempo.
Lucía me explicó las dos fases:
Fase A: Descompresión. Los suaves impulsos provocan contracciones rítmicas y delicadas que separan ligeramente las vértebras entre sí. Creando espacio. Quitando presión a los discos y a los nervios. Es como el efecto de las tracciones, pero actuando de dentro hacia fuera.
Fase B: Reeducación. Mientras la Fase A crea espacio, la Fase B obliga al multífido a contraerse. Contracción tras contracción. En el plazo de 30 días, la conexión entre el cerebro y el músculo se reconstruye. El cerebro "recuerda" cómo usar el multífido. El músculo vuelve a contraerse por sí solo.
15 minutos al día.
Ese era todo el protocolo.
Me puse a echar cuentas.
Entre la resonancia privada, las consultas con especialistas, la fisioterapia, el osteópata, el ozono, la piscina, los medicamentos, el copago de la farmacia y todo lo demás, me había gastado casi 7.000 euros en 9 años intentando arreglar mi espalda.
Y ahí estaba este pequeño dispositivo, en la pantalla del móvil de mi hija, justo delante de mí.
69,99 euros.
Día 1: El momento en que supe que esta vez era diferente
Mi marido lo pidió esa misma noche, desde el móvil de Lucía.
Llegó pocos días después.
Voy a ser sincera: abrí la caja casi sin esperanza.
Me habían decepcionado tantas veces. Había visto tantas "soluciones milagrosas" acabar olvidadas en un cajón, que no habría soportado otra decepción.
Le dije a mi marido: "Si esto no funciona, dejo de intentarlo."
Lo decía en serio.
Día 1: me puse los parches de gel a ambos lados de la parte baja de la columna. Empecé con una intensidad baja. Y sentí algo que no sentía desde hacía 9 años.
Una pulsación profunda.
No en la superficie.
Dentro.
Era raro. Al principio casi molesto, porque estaba sintiendo un músculo de cuya existencia prácticamente me había olvidado. Pero hacia el minuto diez, la zona lumbar como que... se abrió. No encuentro otra palabra para describirlo. Como si algo por fin se hubiera soltado.
Después de la sesión me levanté. Fui a la cocina. Y durante un momento, un minuto entero, me olvidé de la espalda.
No me pasaba desde hacía 9 años.
Semana 1: las mañanas se volvieron más fáciles. Antes necesitaba 40 minutos solo para desentumecerme. Pasaron a ser 15. Por primera vez en 3 años dormí toda la noche.
Semanas 2-3: empecé a darme cuenta de que ya no me apoyaba en el fregadero mientras fregaba los platos. Simplemente estaba... de pie. Sin ni siquiera pensarlo.
Semana 4: fui al supermercado sin apoyarme en el carro. Caminando sin más. Como una persona normal.
Me eché a llorar allí mismo, en la sección de frutas y verduras.
Una señora me preguntó si me encontraba bien. Le contesté: "Me sostengo sobre mis piernas. Por primera vez en 9 años. Me sostengo yo sola."
Seguramente pensó que se me había ido la cabeza.
Dónde estoy ahora
Escribo estas líneas casi dos años después de aquella primera sesión.
El mes pasado fui a Asturias con mi marido.
El viaje que habíamos cancelado.
Recorrimos Cudillero a pie. Subí hasta el santuario de Covadonga. Caminé (CAMINÉ, a los 68 años) por los senderos de la ruta del Cares.
Ahora uso NeuroCore 15 minutos los lunes, los miércoles y los viernes. Es mi mantenimiento.
El resto del tiempo, es mi multífido el que me mantiene en pie.
Como debería ser.
Como hacía antes de 2014.
Lo que quiero que sepas
Si estás donde yo estaba (sentada en el sofá, a punto de rendirte, a punto de creer que tu vida ya va a ser esto)...
Si el neurocirujano te acaba de proponer la artrodesis y todavía lo estás decidiendo...
O si ya te han operado y sigues con los mismos dolores de antes...
O si estás leyendo esto por tu madre o por tu padre, porque ves que se paran cada pocos pasos...
Escribo estas líneas porque me habría gustado recibirlas a mí, en 2022.
O en 2018.
O en 2014.
Tú no has fracasado.
Tu cuerpo no te ha traicionado.
Hay un músculo en tu espalda que se ha apagado (quizá hace años) y nadie ha intentado nunca volver a encenderlo.
El problema no eres tú.
Es un músculo bloqueado.
Y hay una gran diferencia.
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El sistema NeuroCore en pocas palabras
Si quieres los detalles técnicos que me dio mi hija aquella noche, aquí los tienes:
- Utiliza tecnología NMES: hace que el multífido se contraiga a una profundidad de 30-50 mm
- Doble acción: Fase A Descompresión + Fase B Reeducación
- Apagado automático a los 15 minutos (el tiempo justo para la reactivación)
- Inalámbrico, portátil y fácil de usar
- Certificado CE, conforme a la normativa europea sobre productos sanitarios
- Pensado para la estenosis espinal y la recuperación después de la operación
Hoy está disponible con un 56 % de descuento: 69,99 euros.
Menos que DOS sesiones de fisioterapia privada.
Menos que una sola sesión de ozono.
Menos que la cena que mi marido y yo pagamos para celebrar mi primer paseo sin dolor.
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Si no sientes lo mismo que sentí yo —la pulsación profunda, esa sensación de apertura, el músculo que vuelve a funcionar—, devuélvelo.
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Tienes 90 días para descubrir si es lo que por fin te funciona.
Es más que suficiente.
Yo ya lo tenía claro el día doce.
EN NEUROCORE!
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Opiniones de clientes
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